Notas desde el encierro imaginario 27 - Hipermediatizaciones: Hiperconexiones y remediaciones entre signos y palabras

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Textos especializados en Comunicación Digital, Ciencias Sociales, Literatura, Poesía, Humanidades Digitales y Culturas Juveniles. Sitio personal del Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Expresidente de la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación, AMIC y Ex presidente del Consejo Nacional para la Enseñanza y la Investigación de las Ciencias de la Comunicación.

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martes, 28 de abril de 2020

Notas desde el encierro imaginario 27


En un tiempo en el que nadie llora por nadie

“He muerto de la vida
pero
sigo siendo un niño hambriento
que llora.
Como un gusano que muerde una manzana
era la muerte...”.
(El deseo de la vida, Al-Bayati).

Desde hace siete semanas el mundo es otro. Nuestro mundo ha cambiado por completo. Hemos podido atender y resolver lo inmediato para dar continuidad a nuestra vida. Rápidamente tuvimos que adaptarnos a extender el trabajo y reubicar nuestros espacios para que esto siguiera fluyendo con naturalidad; como si nada hubiera pasado y sólo fuera una tarde de domingo más.
Ya reajustamos nuestros cuartos para convertirlos en estudios; la sala en un salón de juego y el comedor en un gimnasio. Navegamos por la casa durante horas buscando espacios de paz.
Hoy ya tenemos identificados todos los defectos de la casa: una cortina desnivelada; una esquina humedecida; una puerta desajustada; la falta de pintura cerca de la puerta; las sillas golpeadas de la base; polvo en la vitrina; una mancha en el televisor que sólo se nota cuando entran los rayos de sol por la mañana.
Las rutinas se han vuelto las mismas. Son ciclos, loops que se repiten como canciones y en cada repetición deseamos encontrar un ritmo nuevo, un destello de diferencia. Nos sentamos diferente buscando que el ritmo cambie.
Desde hace siete semanas nos habían dicho que el mundo habría de ser distinto y sí que lo es. Nada de lo narrado se anticipaba a los sentimientos confusos que viviríamos.
Hasta hace unas semanas muchos disfrutaban casa como aquel refugio que te mantenía alejado de los males del mundo. Tenías tu espacio, tus lugares, tus momentos. Hoy todo se ha traslapado: empezando por los horarios, lo privado con lo público; lo íntimo con lo que solías socializar. Las cosas han cambiado de sentido sin necesidad de reubicarse. Tu cuarto ya no es tu cuarto, ahora desde ahí cierras una clase y la sala es la extensión de tu oficina.
La vida sí que nos ha cambiado por mucho que se intenta mantener la normalidad. Nos levantamos a la misma hora, pero nos dormimos cada vez más tarde. Se trata de llevar una dieta regulada, pero picamos alimentos cada que entra un brote de ansiedad; intentamos hacer pausas y movimientos, pero cada vez pasamos más tiempo sentados frente a una pantalla; buscamos cultivar la mente, pero no hemos podido iniciar un libro, ni mucho menos sentarnos a dibujar como decían.
Muchas de las promesas con la que iniciamos la pandemia: tiempo de ocio, tiempo de entretenimiento, tiempo para cultivarnos, tiempo para descansar, se han quedado atrás; en la visión romantizada que nos vendieron de la reclusión.
A siete semanas de este cambio nos hemos dado cuenta de que en verdad nos hace falta algo: ese momento para nosotros. Para reflexionar a fondo sobre cómo la vida se trastocó de golpe y nunca nos preparamos para ello; para pensar en nuestra fragilidad, en nuestra condición humana y la de otros. Nos hacemos tanta falta y es que no tenemos tiempo para ello.
Recién nos damos cuenta de la falta de equilibrio en nuestras vidas. De lo poco que hemos hecho o podido para conciliar trabajo y familia. Nos faltan hora del día para lograrlo.
Hoy nos damos cuenta de la falta de momentos para nosotros mismos. Cumplimos con las rutinas y los encuentros con los nuestros en actividades ordinarias. Pero el momento profundo se lo llevó el cumplimiento de deberes.
Eso sí, habrá quienes lograron capitalizar el encierro para convivir con aquellos hijos que no ven más que en la noche y las esposas de fin de semana.
Habrá quienes por lo menos habrán notado el desequilibrio en la distribución de las tareas del hogar y las dobles o triples jornadas que se llevan en la invisibilidad del día a día.
Muchos habrán notado ya la carga laboral que implica la limpieza, el cuidado de los hijos, la alimentación de la familia, el apoyo en los deberes escolares. Habrá muchos que no.
En estas siete semanas en las que el mundo ha cambiado nos hacemos mucha falta a nosotros mismos. Para pensar a fondo sobre el nuevo mundo que se viene y el que debe cambiar.
El cambio más profundo que el Covid debería provocar debería ser en nuestras vidas: en la búsqueda de un equilibrio, de un balance interno y externo, de ajuste en prioridades, de un llamado a una relación más justa y bondadosa con los otros y el entorno.
El coronavirus nos llevó del claustro al encierro imaginario. Pero la siguiente fase en el confinamiento es la del resguardo interior, la que nos debería llevar a comprender a fondo cómo queremos que sea el mundo cuando regresemos a lo que en un futuro llamaremos normalidad. Es quizá el tiempo de acomodar algo más que calcetines y alacenas.
Los días que vienen pintan más complejos que esta fase de transición y remediación de nuestro mundo.
La vida ya la reordenaron Facebook, Uber Eats, Amazon, Rapid, Zoom y Google. Pero nos seguimos haciendo falta.
El momento que vivimos implica otra mirada; otra forma de situarnos en el mundo; otra forma de nombrar las cosas y aproximarnos a ellas. A muchos nos ha faltado dar el brinco al búnker interior. Salir de él implicará una luz más brillante y ver otros cielos más limpios.
Entrar a esa caverna implica otros movimientos más complejos que los que hacemos en la sala o al preparar el desayuno de los niños.
El mundo que viene implicará una versión renovada de nosotros mismos. El otro mundo implica un canto nuevo de nosotros mismos. Una mirada emancipada de nuestros desequilibrios.
El mundo que viene será como el del que viene del exilio; como el que dejó el traje de boda para descubrir en un hogar nuevo una naturaleza invisible; como el del que empieza una vida al salir del cementerio de sus seres queridos.
Desde hace siete semanas el mundo es otro y sólo nosotros somos dueños de ese jardín donde las palomas podría beber en ollitas de barro.

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