Notas desde el encierro imaginario 17 - Hipermediatizaciones: Hiperconexiones y remediaciones entre signos y palabras

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Textos especializados en Comunicación Digital, Ciencias Sociales, Literatura, Poesía, Humanidades Digitales y Culturas Juveniles. Sitio personal del Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Expresidente de la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación, AMIC y Ex presidente del Consejo Nacional para la Enseñanza y la Investigación de las Ciencias de la Comunicación.

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sábado, 11 de abril de 2020

Notas desde el encierro imaginario 17


Qué frágil es el corazón

“Tales eran, someramente, mis obligaciones como rey de la lluvia (…) Algo muy opresivo. Es como si los muertos hubieran sido enviados por correo a otros lugares, y las lápidas fuesen los sellos a los cuales la muerte ha pasado la lengua.”
(Henderson, el rey de la lluvia, Saul Bellow).

Desde hace cuatro semanas el mundo es otro. El cielo se entinta de un tono distinto. Las voces fluyen en otra frecuencia. El sentimiento no es el mismo.
Los diarios anuncian un mundo distinto al imaginado: Los colegios públicos avisan que cerrarán en Nueva York por el resto del año escolar; seis volcanes registran explosiones al mismo tiempo tras la erupción del Krakatoa; en algunos lugares como Singapur ha repuntado la pandemia; la OMS teme por el rebrote mortal; aprueban tobilleras electrónicas para controlar a sospechosos con Covid-19 en Bolivia; las muertes en Holanda se disparan con el “confinamiento inteligente”…
El mundo se esculpe en las manos de un triste joyero. Estalactitas nacen en el fondo de un océano.
Hoy el confinamiento se vive entre los titulares digitales y la sonoridad del televisor. Los noticiarios han recuperados su hegemonía, las pantallas consolidaron su poderío.
La gravedad de los días se suspende entre audios, videos, imágenes, sonidos y textos; lenguajes que flotan y fluyen entre una recámara y otra. Nos movemos entre los hiperespacios electrónicos y digitales; entre nodos conectores e hiperlugares.
Una imagen nos revuelca en nuestro interior. Puede ser un recuerdo, un paisaje o la imagen desoladora de la Revista Time en la que una enfermera llora frente a una ventana por la crisis mental que enfrenta en su hospital.
Un medio nos lleva de un punto a otro en nuestro interior.
Bucear el mundo digital se ha vuelto nuestro divertimiento en el encierro. Horas y horas intentando toparnos con algo que nos vuele las ideas o nos lleve a un lugar más alejando del mundo que tenemos hoy.
Explorar el cosmos entre los medios, es otra forma de explorar en nuestro interior.
Así navegamos entre anuncios de inmobiliarias; artículos conmemorativos por los 25 años del Ensayo sobre la ceguera, la muerte de alguna celebridad; retos de juegos mentales y canciones; o los 3000 libros de arte que puedes descargar gratis en formato PDF.
La red y los medios digitales se han vuelto un refugio espacial para sobrellevar el camino que han tomado nuestros días. El algoritmo lo ha aprendido todo de nosotros, sobre todo cuando navegamos sin rombo y sólo por andar. De ahí que siempre se muestre lo mismo. No hemos vuelto parte de un modelo predictivo, de una vida en modo circular; somos sujetos en loop.
Por ello, los anuncios de comida; las notas de las etapas del Coronavirus; las denuncias al mal gobierno; los post de ecoarquitectura; los memes que se repiten sobre un mismo tema.
Llevamos años nadando en la red moviéndonos entre sus olas. Los algoritmos ya aprendieron el ritmo de nuestras brazadas. Nos hicimos predecibles y visibles a los tiburones. Somos como tortugas que opacan la luz que llega al fondo de la bahía.
Las interfaces mediáticas son como esos ríos subterráneos que se conectan entre cenotes. Unos bucean para ver el espectáculo de luz, otros penetran a donde sólo se percibe la oscuridad y el silencio. Unos sólo se mueven en la superficie, otros se pierden en la profundidad.
Entre todo lo que percibimos en estos hiperespacios quizá no hemos captado las corrientes que nos impulsan.  La inmersión crítica en el hiperespacio mediático implicaría ver nuestras vidas sumergidas en hondas cuevas ocultas en aguas subterráneas. Todo lo que consumimos se encuentra vinculado por nuestros ríos interiores, así hemos trazado una compleja red en la que están ocultas nuestras sensaciones y emociones.
Somos como esos cenotes transparentes en la superficie y porosos y calcáreos en nuestro interior. Somos piedra caliza, puertas al inframundo y a lo sagrado.
La inmersión profunda en aquello que consumimos es un buceo profundo en aquello que somos. La hondura de nuestra cavidad subterránea también se percibe en las interconexiones que hacemos con otros cenotes.
Somos en el fondo como aquellas estructuras geológicas; somos como esas fosas difíciles de explorar.
Desde hace cuatro semanas, la vida que estamos experimentando nos está llevando a bucear en modos más temerosos en nuestro interior. Algunos han expresado ser un pozo profundo; otros tienen capas gruesas de sulfuro de hidrógeno a 30 metros de profundidad. Unos sólo son una cueva colapsada; otros son la puerta de entrada a un gran mar interior.
  Las interfaces mediáticas son hoy esa puerta de entrada a los hiperespacios que yacen en nuestro interior. Algunos son estanques gigantes, otros sumideros a punto de un colapso.
Nuestro interior se está haciendo visible para los algoritmos y aunque algunas algas se mezclan cerca de la superficie corren el riesgo de que esos extraños buzos exploren sus paisajes increíbles. Y si alguien ha de hacerlo, ojalá y fuera una persona y no un robot.  
Si alguien ha de explorar esas cavernas profundas, ojalá y fuera alguien que quiera maravillarse por lo que hay en tu interior.
Los medios conectan sin duda nuestros hiperespacios. Si somos vasos comunicantes estamos a tiempo de iniciar otro tipo de exploración y conexión.
Desde hace cuatro semanas el mundo se percibe en otro tono y otra frecuencia. Entre lo que somos y lo que consumimos hay conexiones. Entre los que vemos y escuchamos se mueve nuestro yo. Entre todos esos contenidos se ubican nuestros sentires y percepciones del mundo.
Bucear entre esas corrientes está la clave del encuentro con los otros. Entender lo que consumen es una forma de adentrarnos a sus cenotes interiores. En algunos hay bancos de peces pequeños; en otros encontraremos árboles sumergidos, algunos restos humanos o los vestigios de una fogata que encendió en algún momento para dar calor.

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